Nadie vio la dilatada sombra de un arco del triunfo
que se niega así mismo,
el horizonte desangrado, pasto y erial del ruido cansado.
Apenas quedarán las paredes enterradas, sin sombra,
a expensas de una eternidad inexistente y una inmortalidad deplorable,
lúgubre e insustancial, como un instante desafortunado,
como el jardín inalcanzable de un discurso inyectado en sangre.
Nadie vio la noche que contradice presentimientos temblorosos
que se niega así mismo,
el amanecer desmantelado, pasto y erial de la cobardía y la doctrina.
Pascual Herrea
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