Las palabras no se reducen a su origen, emiten,
se descomponen en su positivo y su negativo,
como la fruta que cambia de sabor según madura,
como una rebelión que derriba muros y se expande,
como el gemido en la noche de un mar lleno de otoño.
Las palabras se reinventan, ascienden despiertas,
borran fronteras entre la piel y el abismo,
cierran las dudas y abren las flores,
más allá de las nubes y la tristeza.
Pascual Herrera